Por Héctor Corti
Frente al espejo ensayaba una y otra vez. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se hizo el nudo de la corbata. Demasiado ancho. Demasiado fino. Acertar para que las dos tiras le queden del mismo largo. Ya no tenía la práctica. Las remeras, jeans y zapatillas fueron el uniforme que utilizó por diez años para ir a un trabajo que no exigía presencia, sino que apreciaba su capacidad como ingeniero electrónico. Tiempo feliz en el que disfrutaba de lo que hacía, de la relación con sus compañeros, de utilizar sus conocimientos, de actualizarse, de la libertad para decidir, de un sueldo tan holgado como la vida que llevaba.
